
Antes [Foto Marco Alonso en su Facebook]
Ahora
[Foto Bomberos de Toledo]
Lo que está aconteciendo estos días en Toledo es una catástrofe medioambiental. No ha sido "un susto", no nos hemos salvado de nada "por los pelos", ni ha intercedido por nosotros ninguna Virgen.
Hemos perdido el que era, con diferencia, el entorno mejor conservado de Toledo. Y lo hemos perdido, probablemente, para siempre. Al menos los que estamos hoy vivos no lo veremos nunca como fue: espléndido. Para quien no lo conoció enlazo una publicación, ya antigua, donde hablaba se su valor, pero basten las fotografías que adjunto.
La regeneración de este tipo de vegetación, cercana a lo que se han denominado comunidades climácicas o maduras es muy lenta, pues requiere del concurso de un proceso denominado sucesión vegetal, por el que unas comunidades, poco a poco, modifican el entorno, creando las condiciones propicias para que otras diferentes se instalen.
En muchas zonas el incendio ha acabado por completo con la vegetación existente y nos ha devuelto a la casilla de salida. La sucesión deberá actuar de cero y, siguiendo los modelos y nuestra experiencia previa, esto supone el paso por un buen número de estadios diferentes hasta que, desde un pastizal formado por pequeñas hierbas anuales, se llegue de nuevo al bosque (cantuesales, berciales/espartales, retamares, etc.).
Que nadie espere verlo este siglo... si ocurre. Porque el bosque que teníamos se engendró bajo unas condiciones climáticas que ya no existen.
Toledo se encuentra en una delicada frontera delimitada por sus temperaturas y precipitaciones, de apenas 350 mm anuales. Y esa frontera marca lo que en bioclimatología se denominan ombrotipos seco inferior y semiárido. Con unas precipitaciones menguantes y cada vez más irregulares y con el incremento de temperatura derivados del cambio climático, cada vez nos adentramos más en ese semiárido que, evidentemente, no favorece el proceso de regeneración.
A esto hay que añadir las consecuencias inmediatas del incendio: la enorme erosión que se va a producir (y que ya hemos visto en las zonas afectadas por el anterior incendio), la consecuente pérdida de suelo fértil, que favorece procesos de desertificación, la contaminación de ríos y arroyos con las cenizas y su nitrificación, lo que convertirá sus hermosas fresnedas y tamujares en herbazales nitrófilos llenos de especies exóticas invasoras y en espadañales...
La regeneración será más lenta, si cabe, debido a la enorme reducción de aquellas áreas que podían actuar como fuente de propágulos (no hay encinares similares en las inmediaciones), lo que también ralentizará la recuperación de las zonas anteriormente quemadas.
La pérdida de biodiversidad será considerable y se producirá a distintos niveles: específico y ecosistémico.
Si bien mucha de nuestra flora está adaptada al fuego y cuenta con mecanismos para regenerarse (rebrote, producción masiva de semillas resistentes al fuego, etc.), algunas de las especies más singulares que caracterizaban el encinar toledano, o aquellas que ya eran muy raras y que a penas subsistían acantonadas en zonas con un microclima propicio, se harán más raras aún o desaparecerán.
Es el caso del enebro de la miera, incapaz de rebrotar y de crecimiento muy lento. Su gran abundancia era una singularidad de estos encinares, cuya representación estaba limitada en el municipio, prácticamente, a las zonas que se han quemado en los últimos grandes incendios.
También es el caso del rusco, muy raro ya, y que aparecía solo en las zonas más húmedas y umbrías.
Son solo algunos ejemplos, pero hay muchos más.